sábado, 4 de septiembre de 2010

Mi lista

En nuestro artículo de la semana pasada hablamos de erotismo y cotidianidad, y explicamos cómo el erotismo no está necesariamente relacionado con la genitalidad. También recogimos parte del testimonio de Judith Ress y su lista de placeres sagrados para unirnos a su invitación de elaborar nuestra propia lista. En el libro de mi autoría Elisa Jiménez. Una de ellas, publicado por la Fundación Polar, está este relato que deseo compartir con mis lectores/as y que constituye el primer recuerdo en mi lista de placeres eróticos sagrados…
A las doce de la noche del 31 de octubre le di la última puntada al moisés que estaba vistiendo para el ajuar de mi primogénito o primogénita. Con la satisfacción de haberlo terminado, plena, me dormí. Serían como las cinco de la mañana cuando me despertó un caudal de agua tibia que corría por mis muslos. Había roto fuentes... El médico, las preparadoras y mi mamá habían recomendado ir a la clínica cuando estuviéramos en “franco trabajo de parto” con contracciones cada 20 o 15 minutos y todavía faltaba para eso; esperaríamos a que aclarara el día…Apenas salió el sol llamamos a mi mamá. Cuando mamá llegó como a las ocho, ya habían arrancado las contracciones. Ahora sí estaba yo nerviosa, mas no asustada. Ella llegó muy alborotada, se reía, hacía chistes, hablaba y hablaba. En la espera a veces me hacía reír. Yo estaba concentrada, sentía una fuerza telúrica que se gestaba en el mero centro de mi cuerpo. Las respiraciones y la relajación me permitían experimentar lo que estaba más allá del dolor: el esfuerzo titánico de mi hijo por nacer, moviéndose en mi vientre, y mis entrañas armónicas abriendo el camino para darle a luz. En un momento me dio mucho frío: -Un baño con agua bien caliente y una buena frotada te quita eso hija, no te asustes —me dijo. Entonces me bañó bajo el acaudalado chorro del agua caliente de la regadera, y frotó mi espalda, mis nalgas, mis muslos con enorme fuerza y amor. Se me quitó el frío. Con su ayuda y la de mi esposo me vestí. En la clínica nos esperaba el doctor Piña, amigo y compañero de mi mamá. Estuvimos muy poco rato en la habitación. Entramos a la sala de parto, mi madre al lado mío en la cabecera de la cama, el doctor Piña abajo esperando al bebe, y el papá de Eduardo revoloteando cámara en mano registrando con su foco de fotógrafo profesional la luz que esperaba a su hijo. El movimiento telúrico arreció, mi cuerpo estaba al servicio de aquella sublime fuerza: -¡Merce, ahí viene mi amor, puja! Alrededor de nosotros el ojo saltarín sonaba clic, clic, clic. Sentí con abismal precisión a mi hijo que empujaba. Tomé todo el aire que podía e invoqué mi poderío femenino. Hija, puja, puja mi amor, aguanta un poquito, puja un poquito más nada más, ¡ya está, ya se le ve la cabecita!- me decía ella. Sentía su cabeza en mi túnel buscando la luz con decisión. ¡Ahora sí Merce, puja con toda tu alma, vamos, ahí está! – celebraba mamá. Por el más íntimo pasadizo de mi cuerpo sale un él. Mi hijo, vibrante. Siento un vacío enorme en mi ser. Él, que era uno conmigo, está afuera en la luz, frente a mí - ¡Es un varón, hija. Un varoncito hija!- Mi cuerpo está totalmente entregado a una corriente que me trasciende y me traspasa, lloro a mares, me río a carcajadas, abrazo, beso, amo...

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